FRIDAY 19 OCTOBER 2018

ccolegios del exilio mejicanoTras la derrota de las fuerzas republicanas que motivó la diáspora española, millares de exiliados llegaron a México. Encontraron en este país posibilidades, apertura y esperanza. Pensaron que la dictadura franquista tenía que caer en cualquier momento y que se volverían a abrir para ellos las puertas de la patria, de esa patria que los había expulsado. Nadie podía concebir el exilio como una situación permanente. Leer Más

La creación de las escuelas en el exilio mexicano cumpliría dos objetivos muy concretos: el primero era educar a los hijos de tal manera que no perdieran la identidad española, que se movieran entre gente similar a ellos y que les formara en el republicanismo que aquellos hombres y mujeres habían defendido hasta las últimas consecuencias. Se preparaba a los niños y jóvenes para volver a España con posibilidades que sus padres nunca tuvieron. El segundo objetivo era ofrecer a los muchos maestros que habían llegado, un empleo digno que les permitiera ir saliendo de la pobreza puesto que sólo contaban con su fuerza de trabajo. Las experiencias de Francisco Giner de los Ríos y de Manuel Bartolomé Cossío, que ya habían prosperado en España, debían ser puestas en la práctica. Las palabras pronunciadas en 1880 tuvieron, en el nuevo país, un sentido profético: La Institución no pretende limitarse a instruir, sino cooperar a que se formen hombres útiles al servicio de la humanidad y de la patria. Para esto, no desdeña una sola ocasión de intimar con sus alumnos, cuya custodia jamás fía a manos mercenarias . En México era posible renovar las experiencias de la Institución y podían mantenerse fieles a los preceptos básicos.

En agosto de 1939, se crearon el Instituto Luis Vives con fondos del Servicio de Evacuación de los Republicanos españoles (S.E.R.E.) y, con un préstamo, poco después, la Academia Hispano Mexicana. El Colegio Madrid fue fundado en 1941 con fondos de la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles (J.A.R.E). Tuvieron además una función social. Los centros colaboraron con becas de matrícula y de comedor a mitigar las primeras dificultades económicas familiares de los exiliados.
El Colegio Madrid, la Academia Hispano Mexicana y el Instituto Luis Vives, formaron generaciones de muy alto nivel, reconocidas por las instituciones de educación superior mexicanas. La obra de los colegios del exilio, vista a sesenta años de distancia, resulta sorprendente. Su propósito fue transmitir y difundir lo mejor de la cultura española universal cuando en España existía censura y persecución. Se enseña la gratitud a México, el respeto a sus instituciones y una especial veneración al general Lázaro Cárdenas. Se recuerda que México es la nueva patria, el lugar de privilegio que permitió a sus padres vivir en paz y en libertad. La llamada segunda generación” del exilio se conformó, de esta manera, con una mayoría de profesionistas con una escolaridad superior a la de los padres.
Fue posible gracias a las condiciones de México, y cabe aclarar que no todo fueron éxitos. Sin embargo, la Universidad, que ha rendido numerosos homenajes a los maestros e investigadores del Exilio, cuenta hoy con un buen número de maestros e investigadores pertenecientes a la segunda generación. Sin duda la emigración republicana cambió la imagen que se tenía en México del español.

A setenta y cinco largos años de distancia, la obra educativa ha echado hondas raíces: La tercera generación se está formando: el Instituto Luis Vives y el Colegio Madrid cuentan con un alto porcentaje de alumnos que son nietos de aquellos refugiados. Muchos otros acuden a escuelas oficiales o a otras instituciones docentes. De cualquier modo, la tercera generación sigue vinculada al origen por medio de los colegios, las casas regionales, los centros deportivos e instituciones culturales que siguen congregando a los hijos y nietos del exilio.

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388×390 Alumnos de 2º de preparatoria (Generación ’62) del Instituto Luis Vives en la escalinata de la biblioteca: Primera fila de izquierda a derecha:

JAVIER COMESAÑA FRANCISCO, FRANCISCO OLLERVIDES VILLALOBOS, ANTONIO RAMIREZ GUILLEN, EDMUNDO TEJEDA, LUIS MARTIN CUBERO; Segunda fila: LUIS RODRIGUEZ VIQUEIRA, SANTIAGO GARCÉS, ERNESTO ESTEVANE TORRES, AGUSTIN VARGAS DURAN; Tercera fila. ERICA WOKER MADRIGAL, MARIA TERESA AZOÑOS CONESA, ANA MARIA AMO SUAREZ, MARCIO CALLES, LUDIVINA GARCÍA ARIAS, LUIS GONZALEZ SICILIA COTTER, JOSE BADENES MARQUEZ; Cuarta fila: CLARA MORENO MENDOZA, GUADALUPE OJEDA ORDAZ, CARMEN OJEDA ORDAZ,MONICA CUEVAS LARA, RAMON CASTELLANOS JIMENEZ, ESTELA CHACON, Quinta fila: LILIA RIVAS LAGUNA, MARINA GARCÍA ARIAS, IRENE PAIZ TEJEDA, JUANITA SERRA ALTAMIRA , MANUEL SIMÓN, Sexta fila: SILVIA DEL AMO RODRIGUEZ, JORGE GAZQUE SOL, ALFREDO HERRANZ AGUILERA, LAURA MORATILLA LOPEZ, FRANCISCO GUERRA RULLAN, ENRIQUETA TUÑON PABLOS, ISABEL GOMEZ MORALES, JUAN LUIS BLANCO GOMEZ; Sin identificar: NURI PIE CONTIJOCH, HECTOR ALEMAN, JUAN ALFONSO GRACIA, SILVIA BETANZOS CANO, JULIO CASTILLON, MUNIR CHALELA, ROSA MARIA CUREÑO PEREZ, FELIPE GARCIA DE LA VEGA, M. ALBERTO GARCIA NAVARRETE, MONICA GUERRERO HERNANDEZ, ELECTRA HARO, GUSTAVO KUBLI, EULALIA (LALI)LOPEZ, DONATH LUIS RIVERO BORRELL, SOCORRO RUIZ CORTES, ANGELES ROMO DIAZ, JAIME MENDEZ LENZA, JOSE LUIS SAENZ E. , JUAN ROBERTO SALAS PAZ, DEYANIRA SANTA MUÑOZ, DANIEL SEPULVEDA HERNANDEZ, JOSE MARIA SURREL CABRE; Faltan en la foto: ARCADI ARTÍS, CARMEN PARRA RODRIGUEZ, ERNESTO REYES PALMA, KETTY GARCIA AGUT, MARINA ISOLDA MENDEZ GUERRERO, JUAN ANTONIO MERIGO, CARLOS TOBÍO ALONSO.

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 Por Bárbara Mulberry

Los ojos de un niño graban imágenes que el resto no ve. Son espectadores de lujo que enriquecen con su memoria el testimonio de la historia viva. El Colectivo rescata el recuerdo de dos ojos que lo vieron todo. Herminio Martínez fue uno de los niños vascos que en 1937 llegaron a Inglaterra huyendo de la guerra civil española. Hoy recuerda para nosotros su historia y la de muchos otros que por una u otra razón abandonaron España y recalaron en este país buscando un hogar. Leer Más

“Vivo cerca del cementerio de Highgate. ¿Sabes dónde está? ¿Y sabes quién está enterrado ahí?” De esta manera me indicaba Herminio cómo llegar a su casa el día de la entrevista. Su acogedor piso, en efecto, no dista mucho del lugar donde descansa Karl Marx. Reconozco que entré a la entrevista con mal pie. La culpa fue de un audífono. “Encantada de conocerle”, espeté con un torrente inmenso de voz. “Oye, – me dijo- que tenga casi 80 años y lleve este aparato en el oído no significa que esté sordo”.

Solventados los prolegómenos entramos en materia. Herminio fue uno de los 4.000 niños que el 21 de mayo de 1937 embarcaron en el barco Habana rumbo a Southampton. “Fue una travesía horrible. En un barco de 400 pasajeros nos metieron a 4.000 niños. Yo tenía 7 años y mi hermano 11. Dormíamos en el suelo del salón. Tropezamos con una tormenta en el golfo de Vizcaya y aquello fue espantoso, rodando por el suelo, devolviendo, niños llorando pidiendo a gritos volver a Bilbao con sus padres…”.

El 23 de mayo desembarcaron. Mientras la banda de música de la organización protestante Salvation Army tocaba, cientos de vecinos daban la bienvenida a los niños. Pero ni la iglesia católica ni el Gobierno británico compartían ese júbilo. “El Gobierno británico no nos quería, había rehusado a aceptar refugiados de la guerra civil tras firmar un pacto de no intervención. Decía que ayudando a los niños habría menos bocas que alimentar en Bilbao y así se podría resistir mejor al asedio de los franquistas. Y eso sería contravenir el tratado”.

Herminio destaca la solidaridad del pueblo inglés. “Estalló un movimiento de apoyo en toda la sociedad inglesa, desde la clase obrera hasta la aristocracia. Se formó el Comité de ayuda a los niños vascos. Su presidenta era la duquesa de Atholl. Mientras que Lady Cecilia Roberts dirigió una colonia en el norte de Inglaterra”.

Herminio me ofrece agua. La acepto pero él es el único que bebe. Tiene sed de contar cosas. “Los niños comenzaron a ser reclamados por el gobierno franquista, muchas eran reclamaciones falsas. Al final, unos 440 niños no fuimos requeridos por nadie, unos porque sus padres habían muerto, estaban en la cárcel o, como en mi caso,  no tenían recursos para mantenerlos – mi madre tenía otros cinco hijos que alimentar–. Algunos fuimos acogidos por familias británicas. A mí me acogieron unos cristianos metodistas del centro de Inglaterra a los 10 años. Con ellos comencé a ir al colegio y a aprender inglés. Fueron buenos conmigo pero tuvieron dificultades económicas y me devolvieron a la colonia”

De pronto Herminio parece necesitar una respuesta para proseguir su relato: “¿Eres católica? Sí, le contesto. Verás, – continúa Herminio- junto a nosotros llegaron desde España 100 profesoras, algunos auxiliares y quince curas. Fue al repatriar a los niños cuando la iglesia católica de Inglaterra consideró que los curas también debían volver ya a España, pese a que algunos podían estar en peligro. Yo tengo una carta de un cura llamado Orbegozo rogando, suplicando al Obispo que le diera trabajo aquí, que le habían dicho que si volvía a España le matarían. La respuesta del Obispo fue rotunda: Go back home!”. Le pregunté que pasó al final, por lo visto Orbegozo volvió a España pero no supo nada más sobre él.

Herminio habla un excelente castellano: rico en vocabulario y con acento made in Spain. Su conocimiento de la parte de la historia que le tocó vivir es comprensible pero el resto… ¿quién le educó? “Estuve en ocho colonias y con tanto viaje fue imposible formarse. Además empecé a trabajar a los 14 años. Nuestra educación fue terrible pero por otro lado tuvimos mucha suerte. Compartimos muchas horas con jóvenes intelectuales republicanos que habían llegado a Inglaterra al acabar la guerra: Pepe Estruch – Premio Nacional de Teatro en 1990-, Luis Portillo – padre del político conservador Michael Portillo- o Marcelino Sánchez – periodista-“.

Herminio habla de ellos con cariño de ‘hermano menor’.  ¿Y ellos de qué vivían?- pregunté. “Del poco dinero que les daban por estar con nosotros.  Y de los trabajos que les salían: pelar patatas, lavar platos…” La guerra cuando no destroza vidas interrumpe vocaciones, a Luis Portillo, desde 1934 profesor de Derecho Civil en Salamanca, lo había convertido en pela patatas a bajo sueldo.

La actividad intelectual y política de estos jóvenes salpica a Herminio y los demás niños, que crecen bajo la influencia de lecturas como Mundo Obrero o El Socialista. “Los medios ingleses, como el Daily Herald por ejemplo, también informaban sobre la situación en España. Algunas veces había incluso manifestaciones y protestas en la puerta de la embajada”. Herminio también recuerda con especial afecto a Juan Negrín, el último presidente republicano. “Se portó muy bien con nosotros. Él fundó el Hogar Español, un centro que acogió a los exiliados. Allí organizábamos fiestas, reuniones y actividades culturales. Y también estableció becas para que los jóvenes republicanos pudieran estudiar”.

Herminio también recordó otra de las caras del drama de la guerra civil: los soldados republicanos que habían cruzado a Francia. “Sus vidas fueron muy difíciles. Habían tenido que alistarse en la legión francesa para no ser repatriados a España donde les hubiera esperado la cárcel o la muerte. En el ejército francés los habían usado como tropas de choque contra Alemania”. Lo bonito es que, aunque lejos de España, algunos de ellos hicieron patria a su manera: casándose con las muchachas vascas.

Nuestro entrevistado es una mina de recuerdos; le pido que avance en el tiempo y se sitúe en los años 60 y 70, los años de la emigración económica. “Llegaron los más pobres de España a sobrevivir como pudieran. Trabajaban en lo que no querían los ingleses: limpieza, hostelería, agricultura… No tenían mucha más elección porque el gobierno británico les obligaba a aceptar el trabajo que les dieran durante cinco años y a partir de ahí ya podían dedicarse a lo que ellos quisieran”. ¿Qué diferencia a esta generación de emigrantes de la suya? “Los niños de la guerra tuvimos más desarrollo cultural. Los emigrantes económicos eran analfabetos. Aún hoy hay algunos que están aprendiendo a leer y escribir en el centro social de mayores donde nos reunimos”.

Ni leer ni escribir nos falta a los jóvenes profesionales que hemos llegado en los últimos años a Londres pero según Herminio tenemos otras carencias. “Sois materialistas, y no tenéis la base cultural que deberíais tener. Nosotros somos más ricos en experiencias y eso hace que os falte amplitud de miras. No tenéis intereses políticos. En la universidad aprendéis de memoria sin cuestionar nada de lo que os enseñan. Los jóvenes de hoy deberíais conocer la historia. Saber lo que pasó”. Su tono es firme pero amable. Le miro en silencio y veo cómo él solo ahuyenta sus diablos. “Se han arrancado varias páginas de nuestra historia pero ahora por fin se empiezan a conocer”.

Para más información sobre los niños de la guerra y el exilio:

www.elcolectivolondres.com

www.basquechildren.org

www.international-brigades.org.uk

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Le conseiller diplomatique de François Hollande, Paul Jean-Ortiz, est mort dans la nuit de mercredi à jeudi 31 juillet à Paris des suites d’un double cancer, à l’âge de 57 ans, a-t-on appris de l’Elysée.

Ce spécialiste de la Chine avait intégré l’équipe du président de la République immédiatement après son élection en mai 2012. Il avait notamment pesé dans l’engagement des troupes françaises au Mali et sur la position de la France sur le dossier syrien. Il avait également été l’organisateur de l’opération « Yellow Bird » après le massacre de la place Tiananmen en 1989.

Paul Jean-Ortiz souffrait du cancer depuis plus d’un an et a poursuivi son travail jusqu’à récemment malgré son traitement et la chimiothérapie. Il conservait un humour pince-sans-rire mâtiné d’une inaltérable réserve diplomatique. Depuis le mois de mai, Jacques Audibert, ancien directeur des affaires politiques du Quai d’Orsay, avait commencé à le suppléer dans sa tâche.
François Hollande a salué « un ami aussi discret que fidèle », qui « s’est éteint une fois prodigués ses derniers conseils ». Le chef de l’Etat avait rendu une dernière visite mercredi à son conseiller.

DIPLOMATE EN CHINE

Né en 1957 au Maroc, ce fils d’un républicain espagnol découvre le mandarin lors de ses études à Aix-en-Provence, une langue qu’il finira par maîtriserparfaitement. Le début d’un parcours qui le mènera à des postes diplomatiques à Pékin et Canton, de la fin des années 1980 jusqu’en 2005. Il devient directeur Asie et Océanie au ministère des affaires étrangères en 2009.

 Proche des mouvements trostkistes dans sa jeunesse, Paul Jean-Ortiz était un gauchiste de conviction. « Il y avait des revendications et des révoltes qui étaient justes même si la ligne était fausse », expliquait-il en avril dernier au Journal du dimanche qui lui consacrait un portrait.

« La France a perdu l’un de ses grands diplomates », a réagi Pierre Haski, cofondateur du site Rue89.com et pendant de longues années correspondant deLibération en Chine. Le journaliste évoque un homme « respecté » des Chinois pour « sa maîtrise de leur langue et sa connaissance de toutes les nuances du système communiste chinois ».

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Dolores Plá Brugat se especializó en la recolección de testimonios para reconstruir el relato de los miles de exiliados de la Guerra Civil. Desde 1980 era investigadora de la dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y ahí fundó un seminario especializado en los extranjeros en México. También contribuyó al Archivo de la Palabra, un programa de historia oral pionero en México.

Era una de las mayores especialistas del exilio español que eligió el país azteca como su refugio. Entre sus libros se cuentan Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana española en México; Ya aquí terminó todo. Testimonios de la guerra civil española y El aroma del recuerdo. Narraciones de españoles republicanos refugiados en México.

La muerte de Plá, repentina, cayó como un balde de agua fría entre las autoridades culturales en México. Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Consejo Nacional de Cultura y las Artes (Conaculta, el equivalente al Ministerio de Cultura en otros países), expresó su sorpresa en su perfil en Twitter: “Hace unas semanas junto a la brillante historiadora Dolores Plá inauguró la muestra El exilio español en la #CDMX [Ciudad de México], hoy lamentamos su deceso”.

La citada exposición abrió en la capital mexicana el 1 de julio y recoge la historia de 20.000 españoles que llegaron a este país entre 1939 y 1942. Son libros, objetos, fotografías que cuentan la vida de quienes lo dejaron todo para buscarse un futuro a miles de kilómetros de donde habían nacido. Algunos fueron médicos, otros profesores, se convirtieron en empresarios o fundaron editoriales. Otros, como Payá, montaron restaurantes especializados en auténticas paellas.

Al inaugurar la muestra en el Distrito Federal, hace apenas unos quince días, la historiadora dijo: “Nos interesó dejar claro que era la historia de un colectivo no solo de unas cuantas personas cuyos nombres pueden ser familiares para uno, sino que el exilio fue una historia colectiva a partir de una diversidad de gente que se vinculó de muy diferentes maneras con México”.

Muere Dolores Plá, relatora del exilio español en México

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Yo fui pasajera en “El barco de los tontos”
Silvia Mistral

“En la cuesta de la vida la memoria toma, a veces, una vestidura casi tierna como único apoyo para no perder aquellos valores, vivencias, encuentros, que dan significado a la existencia. En ocasiones, es un contacto efímero, que demuestra hasta que punto éramos pasajeros en ese “barco de los tontos”. ¿Cómo perdonarse haber estado al lado de la novelista Katherine Anne Porter y no reconocerla hasta cuarenta años después?

Si digo que fui pasajera en “Ship of fools” probablemente algunos de mis lectores no se extrañarían de ello. Pero no es un juego alegórico. Sí, realmente, iba en ese barco acompañando a mi familia en su infortunio, víctimas de la estulticia y la sádica persecución del dictador cubano Gerardo Machado. Katherine Anne Porter abordó la nave en Veracruz y, nosotros en La Habana, en 1931. Ella era una pasajera de primera clase, en ruta hacia Alemania. Nosotros, los “repatriados”, formábamos un grupo de más de ochocientas personas, de las cuales, más de la mitad eran originarias de Cuba por varias generaciones. Machado utilizó una ley (que luego derrocó Batista) existente desde antes de la Independencia cubana en que todo hijo de extranjero que no optara a los 21 años por su nacionalidad: la de su lugar de nacimiento o el país de su progenitor, era considerado extranjero para todo trámite legal. Así se dio el caso de que entre los “repatriados” hubiera familias de cubanos por tres generaciones, más guajiros que la palma real. Todos eran devorados por la duda de mujeres y de los enemigos políticos. “De esta manera –decía el periódico “El Mundo” – Cuba daba un ejemplo al mundo de cómo resolvía sus problemas internos, utilizando la manera más humana y, al mismo tiempo, más práctica”. De verdad fue tan práctica (y esto no se cuenta en “Ship of Fools”) que se cargó el costo del viaje a la península ibérica a las sociedades civiles como el Centro Gallego, Asturiano, Catalán, etc., quienes, por otra parte, apenas instaurada la república en España auspiciaban de buen grado este inusitado “retorno”.

Freitag, un pasajero alemán de primera clase, al observarnos desde la baranda nos clasifica como “un montón de trapos sucios, arrojados a un montón de basura”, hundidos en el misterio insondable de la miseria. Alguna debilidad insospechable encubría nuestro fracaso. El tal Freitag tenía razón al decir que íbamos del paro forzoso al paro absoluto y de la inanición al hambre. Aunque nunca a tal extremo –digo yo como parte de ese conglomerado- de que mascáramos raíces de malanga …. Sólo un animal muy inferior puede soportar una situación así: de la miseria a la miseria. “Ni hogar, ni patria”, como en la canción de Brahms.

Parecía que nosotros, mirados desde el puente de 1ª clase, fuéramos seres hechos con una carne diferente, con los retazos de la costilla de Adán.

COMO LA HOJA DEL CAIMITO TIENE DOS CARAS DISTINTAS

Cabe la duda de si la partida de Cuba era para mejorar (aparte del hecho de salvar la vida) o empeorar. La cita de la autora al comenzar su novela: “¿Cuándo partimos hacia la dicha?” de Baudelaire era para ella una alegoría moral de la Stultífera Navis, el barco de este mundo en viaje hacia la eternidad. Para los “repatriados” constituía algo más: ser sobrevivientes de la crisis económica norteamericana iniciada en 1929, del desempleo, la lucha contra el terror machadista, las torturas, la vejación, la pobreza. Por eso los personajes alemanes del “El Barco de los Tontos” se preguntan: “¿De qué puede tratarse?”, cuando la masa de pasajeros suben al barco en La Habana y son destinados a los compartimentos de proa que sólo podían acomodar –señala Porter- trescientos cincuenta pasajeros y nosotros éramos ochocientos setenta y seis. Exactamente. Los oficiales alemanes de menos categoría aceptaban soborno por una litera alta, una silla de lona o un lugar en cubierta, donde se instaló mi familia.

A la vista estaba que pertenecíamos a la clase más baja, elementos subversivos, considerados peligrosos para el régimen. Para Herr Hutten y señora, los dueños del bulldog “bebé” que los acompañaba en la travesía, éramos “gente inofensiva, aunque infortunada”. Los periódicos de aquel día dieron la versión de que debido al descenso del precio del azúcar en el mercado internacional, las demandas de salarios y las huelgas, los millares de trabajadores que habían venido a Cuba en “los grandes días del azúcar” regresaban a su país natal. Lo que no aclaraba era en que fecha habían llegado: cuarenta, ochenta, doscientos años antes. La única familia oficialmente expulsada del  país tras de un agitado proceso era la apellidada Lípiz (famosa por su lucha contra Machado, después contra Batista y ahora exiliada en Miami por cuarta vez). Todos fueron tachados de “extranjeros desocupados”, con lo cual Machado se libraba de los ancianos, de los enfermos, de las mujeres.(…)
Uno de los personajes de “El barco de los Tontos” dice: “Uno sueña y el sueño es una clase de realidad. Despierta, y la realidad es distinta a todo, es una misma realidad bajo sus innumerables aspectos.” Exactamente. Por mi parte, no reflexionaba sobre el origen y motivaciones de aquel viaje. K. A. Porter estaba en condiciones de hacerlo, dominaba el oficio de recoger todo aquello que convenía a su lenguaje narrativo o contexto estructural. Así, “El Barco de los Tontos” o “La Nave del Mal”, conocida también por este nombre por su versión cinematográfica, tiene dos puntos de partida: el de la novelista desarrollando su obra y el de la casual criatura empeñada solamente en “fijar” la experiencia de la travesía atlántica. Tal como puedo interpretarla hoy, no entonces, ajustando el tiempo a su dimensión normal, era una mujer de extraordinario vigor mental (“que es lo que da carácter a la vida”) y físico. Extrañamente: sólo recuerdo que tenía pecas en los brazos y una voz que me sonaba a castañas asadas al fuego vivo. Sólo los apuntes para interpretar y ubicar a los personajes de aquel viaje debieron exigir un minucioso trabajo intelectual y sicológico, al que ella añadió un humor caústico como filo de navaja y su despiadada opinión sin concesión alguna para los hombres y aún menos para las mujeres.

Yo sólo vivía, curiosamente, lo rudimentario de la experiencia. A esa curiosidad de adolescente se debió que fuera la única testigo de cómo fue echado al agua el cadáver de un pobre guajiro, muerto de tisis galopante, como se decía entonces. En la novela quien es arrojado al agua es el bulldog “bebé” salvado por un repatriado vasco, quien fallece después. Como el único cadáver que yo había visto era el de un chino tuberculoso, no sé por qué vi semejanza entre aquel campesino seco y pálido (de sus ancestros sólo le quedaba la osamenta celtíbera) con su hermano gemelo en el bacilo de Koch. ¿Quién me iba a decir, entonces, que aquel cadáver iba a ser el prólogo de los muchos otros que iba a ver sólo cinco años después: reventados, mutilados, cegados, podridos, desnutridos, hombres, mujeres y niños, con toda su carne en floración? Ni Katherine Anne Porter y, mucho menos yo, podíamos ser conscientes en 1931 de este porvenir. Apenas si ella esboza la amenaza de hitlerismo a través de un personaje que se manifiesta a favor de la eutanasia humana y de los prejuicios raciales que corroen a todos los viajeros del barco.

“A los pasajeros de tercera clase no se les permite subir a las cubiertas superiores”, Katherine Anne Porter lo reproduce y yo lo leo. No me guía otro deseo cuando concibo la idea de trasponer la barrera de clases, que cortarme el pelo en el salón de 1ª clase. A diferencia de Frau Tittersdorf pienso que hay más de una manera de enfocar un problema, en este caso, una prohibición. Se negaron a dejarme pasar el oficial de tercera, el de preferencia, el de segunda, el  médico y la enfermera de primera clase. Muy temprano, la sobrecargo de primera me arrastró por  unos pasillos alfombrados y me introdujo en el salón, donde un peluquero me  cortó el pelo al estilo de Cristina de Suecia. Sólo había allí una señora con pecas en los brazos que se mostró muy interesada en saber a qué producto hispano-cubano pertenecía y cuáles eran las ideas políticas de mi padre. No entendí señal alguna, ni tuve esos relámpagos de conciencia que presienten el genio. Ni por edad ni capacidad estaba en condiciones de explicar a Katherine Anne Porter mi participación en lo que ahora se llama “cultura de la pobreza”. Se necesitarían casi cuarenta años para que yo extrajera de los sub-estratos de la memoria los recuerdos de aquel mi primer viaje de exiliada. Porque si bien concebía una novela sobre “Los Repatriados” no podía imaginar que nuestras peripecias fueran el trasfondo o contraste de la obra de Katherine Anne Porter: “Ship of fools”. Hoy lo interpreto como un problema de” incomunicación humana”. No puedo “verme” reflejada en esos tipos semi gitanos, morenos y esbeltos, que tocan la guitarra en la cubierta de tercera clase. No sé si la palabra inglesa “fools” puede incluir un poco de loco y otro poco de tonto. Aunque parezca una perogrullada la mayoría de gente de proa eran personas de ideas y hasta de libros: la maleta de mi padre casi no contenía más que varias obras de Zola: “Germinal”, “Lourdes”, “La Tierra”, etc., novelas de Tolstoi, Panait Istrati y Romain Rolland, algún ensayo de Ricardo mella, “El Apoyo Mutuo”, de Kropotkin y, naturalmente, las obras completas de José martí. Entre los “repatriados” había albañiles, sastres, zapateros, también linotipistas e impresores. No puedo recordar a nadie cantando por bulerías o bailando flamenco. Si acaso, alguna voz entonando una guajira sobre la hoja del caimito, que “tiene dos caras distintas”, de color diferente por cada lado…

Cierto que organizábamos nuestra vida en proa tendiendo la ropa de algodón criollo que K.A. Porter cita como “andrajos de niño”. Cierto, también, que en la primera misa dominical a bordo sólo seis mujeres y un hombre se arrodillaron y que la mayoría, incluyendo mi padre, dio la espalda al altar. Cierto que hubo registros para despojar a todos los viajeros de tercera de las armas que tenían, hasta del cuchillito que servía al vasco para tallar animalitos de madera. Así como nosotros ignorábamos la desdicha de muchos personajes de primera clase, éstos, a su vez, nos tachaban de “plaga de infecciosos” (vivíamos, por el contrario, con la obsesión del baño y la limpieza) y sentían escalofríos de terror ante nuestra pobreza física. Todos éramos extraños-extranjeros en “El Barco de los Tontos”. Los hombres más politizados redactaron un manifiesto, creyendo que habría, a nuestra llegada a España, un “reconocimiento” semi oficial por la flamante República de Trabajadores o, por lo menos, de sus sindicatos. ¿Cómo podría imaginar alguien que se ignorara la llegada de 876 repatriados? Pues así fue: nadie, NADIE, nos esperaba al pisar tierra española, nadie que representara a la U.G.T., a la C.N.T., a republicano alguno. Ignoraron por completo el origen de aquel drama que echó sobre tierras españolas varios barcos con cerca de seis mil personas que, desilusionadas por la indiferencia oficial y la negligencia sindical, se desparramaron por diferentes regiones en busca de una forma de vida. Vida que muchos habrían de perder muy pronto, al estallar la guerra en 1936. Una forma más digna de morir que los que fueron arrojados por las rampas de la fortaleza de la Cabaña, para alimentar a los tiburones.

Releyendo “nuestra parte” en “El barco de los Tontos” me parece un tiempo fantasmal y, sin embargo, profundamente arraigado en los recuerdos de las vidas que he vivido. Me fijo en las Hnas. Cortesina (actrices en la compañía de Lola Membrives) pasando airosas las aduanas, mientras los pasajeros alemanes en ruta hacia su país, contemplan desde el puentee “nuestro desembarco”, felices de perder de vista a esos “pobres diablos”, según nos califica uno de los personajes de la novela. Novela para K. A. Porter; terrible experiencia para los que sobrevivimos a ese viaje en “La Nave del Mal”. Pretendiendo hallar un nexo entre la realidad y la literatura que aclare su significado nada mejor que repetir esas palabras de Octavio Paz:

“Aquello que pasó efectivamente pasó; pero hay algo que no pasa, algo que pasa sin pasar del todo, perpetuo presente en rotación:”

 Silvia Mistral (seudónimo de Hortensia Blanch Pita)

Nació en La Habana (Cuba) en 1914, de ascendientes catalano-cubanos con raíces gallegas. Llegó refugiada a México en 1939 en el Ipanema.

Publicado en Diorama de la Cultura del periódico Excélsior. México
18/10/1 971

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"Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que la de las personas célebres". Walter Benjamin

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