María Rosa de Madariaga. Historiadora

Perversión del lenguaje y falseamiento del sentido de las palabras

Cuando oímos a algunos independentistas catalanes autodenominarse “exiliados” y ser calificados de tales por sus correligionarios o simpatizantes, no podemos dejar de sentir un profundo sentimiento de indignación los que venimos de familias republicanas, muchos de cuyos miembros tuvieron que partir al exilio para no pasar por un pelotón de ejecución, terminar con un tiro en la nuca en la cuneta de una carretera o dar con sus huesos en la cárcel o en campos de trabajos forzados. Equiparar los que huyeron de España con los exiliados del 39, después de la guerra, constituye una falacia, una impostura, amén de una ofensa, un insulto para las familias de los republicanos españoles que tuvieron que abandonar España para no ser víctimas de la sangrienta represión franquista.

 

Sin entrar aquí a analizar a fondo las motivaciones personales de cada uno de los que decidieron huir, bástenos con decir que puede calificarse de cobardía no asumir sus responsabilidades ni afrontar las consecuencias de sus actos. Lo más asombroso es que estas personas, que se pasean de turistas por Europa, tienen la desvergüenza de presentarse ante la opinión pública como exiliados, pobres víctimas de la represión del Estado español, al que pretenden equiparar con la dictadura de Franco. El gobierno del PP es un gobierno de derechas, con una marcada tendencia a restringir las libertades de los ciudadanos, y con ciertos tics heredados de la era franquista, con los que muchos de los miembros dl PP siguen identificándose. Pero no confundamos el gobierno con el Estado. El Estado español es democrático y el gobierno de derechas puede cambiar con unas elecciones.

Presos políticos y políticos presos

En este mismo orden de ideas se inscribe la pretensión de autocalificarse y de ser calificados por los demás de “presos políticos” las personas que, no por sus ideas separatistas, sino por sus acciones contrarias a la Constitución, infringieron la ley, organizando un referéndum ilegal sobre la “autodeterminación de Cataluña”.

Cuando pensamos en los miles de militantes antifranquistas que padecieron prisión bajo el franquismo, algunos durante más de 20 años, como Marcos Ana o Melquisedec Rodríguez, rechazamos rotundamente que a personajes como los independistas catalanes, hoy en la cárcel, se les pueda calificar de “presos políticos”. De nuevo aquí nos encontramos con una falacia, una tergiversación del sentido de las palabras, una perversión del lenguaje. Sigue habiendo por ahí muchos independentistas que pueden expresar libremente sus ideas sin ser objeto de sanción alguna. Los independentistas presos han ingresado en la cárcel, no por sus ideas, que son libres, sino por sus incitaciones a cometer acciones ilegales.

El discurso, dirigido fundamentalmente a las instancias europeas e internacionales, de que en España meten en la cárcel por “querer votar” es evidentemente una falacia, una manipulación. Nadie va a la cárcel por votar, siempre que se vote en el marco de elecciones legalmente organizadas conforme al orden constitucional vigente.

En este marco se inscribe el “victimismo” catalanista, según el cual toda España aparece coaligada contra los catalanes, que son “los más trabajadores”, “los más cultos”, “los más civilizados” y los “más demócratas”. En resumidas cuentas, muy superiores al resto de los españoles.

El “antifranquismo” de los catalanes y el “franquismo” de los demás españoles

Esto nos lleva de la mano a hablar de la pretensión del movimiento independentista de considerar que los catalanes fueron durante la guerra civil y en la posguerra los que más sufrieron, los que tuvieron más víctimas de la represión y los que más resistieron al franquismo.

Según la dirigente de Esquerra Republicana (ERC), Marta Rovira, en Cataluña no hubo nunca franquistas. Los franquistas eran los españoles llegados de fuera, que ocuparon Cataluña. Resulta curioso que esta afirmación venga precisamente de una persona cuyo abuelo materno, Vergès, fue durante años el alcalde franquista de Sant Pere de Torrelló, y, en la Transición, estuvo afiliado al movimiento de extrema derecha Fuerza Nueva, de Blas Piñar.

No le reprocho a Marta Rovira, la afiliación política de su abuelito, porque las que cuentan son las ideas políticas de cada uno, no las de sus padres o sus abuelos. Pero considero de todo punto inadmisible afirmar, como lo hace Marta Rovira, que en Cataluña nunca hubo franquistas, cuando su propio abuelo fue un destacado franquista. La facilidad con la que se califica de franquista o de fascista a todo español no catalán o a todo catalán no separatista es asombrosa, de una frivolidad sorprendente.

Nacionalismo catalanista y nacionalismo españolista

Los que hemos sido educados en la idea de que el nacionalismo es excluyente y racista al ensalzar una identidad en detrimento de otras, rechazamos cualquier nacionalismo, tanto el de la nación a la que pertenecemos lingüística y culturalmente, como de las naciones que tienen otras lenguas y culturas, por considerar el nacionalismo una ideología perniciosa, y fuente de enfrentamientos, conflictos y guerras. El caso de Yugoslavia debería habernos vacunado a todos los europeos contra los estragos de esta ideología.

El nacionalismo en España tiene sobre todo dos rostros: el nacionalismo españolista de “Una, Grande, Libre”, y los nacionalismos periféricos, representados sobre todo por el nacionalismo vasco y el nacionalismo catalán, a los que últimamente parece haberse sumado un nacionalismo gallego, que, aunque ya existente desde hace tiempo, está resurgiendo hoy con renovado vigor, quizá al calor del nacionalismo catalanista.

Todos los nacionalismos beben en las mismas fuentes: exaltación de los mitos fundacionales, del himno, de la bandera, y de otros elementos considerados símbolos de la “Patria”. En este punto los nacionalismos periféricos y el nacionalismo españolista coinciden, mientras que, en otros aspectos, el nacionalismo españolista rinde particular culto a determinados cuerpos como el Ejército, a los que los nacionalismos periféricos, particularmente el vasco y el catalán, miran con recelo, como representativo del “otro nacionalismo”, el del Estado central, que los “oprime”. Lo mismo cabe decir de las fuerzas del orden (Guardia Civil, Policía) excepto cuando éstas tienen sello “identitario”, como es el caso de los Mossos d’Esquadra.

Como reacción al nacionalismo españolista, la izquierda española ha mirado siempre con simpatía a los nacionalismos periféricos, debido fundamentalmente a la posición, favorable, tanto de los catalanes como de los vascos durante la guerra de España de 1936-1939, al gobierno legal de la República Los nacionalistas vascos y catalanes fueron perseguidos por sus ideas y muchos dieron con sus huesos en la cárcel o tuvieron que partir al exilio.

Sin embargo, el nacionalismo vasco, representado sobre todo por el PNV, era y es un partido más bien de derechas, que tiene su origen en el carlismo, y cuya adhesión a la República española y oposición a Franco estuvieron motivadas sobre todo por la posición de una y otro hacia el movimiento nacionalista. El caso del nacionalismo catalán difería del vasco, ya que, representado fundamentalmente por Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), era considerado de izquierdas, como indicaba su propio nombre. Las relaciones de ERC con la República Española, aunque tuvieron sus altos y bajos, fueron en general cordiales, excepto en 1934, cuando Companys proclamó unilateralmente el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, y, luego, en plena guerra civil, cuando el gobierno de la Generalitat quedó supeditado a las llamadas Milicias Antifascistas, dominadas por una de las tendencias del anarcosindicalismo más radicales y por la Federación Anarquista Ibérica (FAI).

Es un hecho que el gobierno de la Generalitat, dirigido por ERC, terminó por hacerle objetivamente el juego al franquismo, al ser incapaz de controlar a las Milicias Antifascistas, cuya nefasta actuación llevó a una guerra civil dentro de la guerra civil, que contribuyó a debilitar la lucha de la República contra el franquismo.

En octubre de 1934, el papel desempeñado dentro de ECR por los elementos juveniles autodenominados “escamots” (pelotones o comandos) fue muy revelador de su ideología. Vistiendo camisas verdes- como los nazis las llevaban pardas, los fascistas italianos, negras, y los falangistas españoles, azules- estos jóvenes llamaban a su movimiento Estat Català, desfilaban en formación militar y su modo de actuar se asemejaba peligrosamente a la de un movimiento de corte facistoide. El jefe de los “escamots” era el Consejero de Gobernación o de Seguridad, de la Generalitat Josep Dencás, Tanto éste como su lugarteniente Miquel Badía, jefe de la guardia municipal, rehusaron obedecer las órdenes de Companys, presidente de la Generalitat, de no lanzar sus “escamots” a la calle. No se limitaban a no obedecer al presidente Companys, sino que eran ellos los que mandaban y le dictaban a aquél lo que tenía que hacer.  La proclamación de Companys del “Estat Català dentro de la República Federal Española” fue inducida por Dencàs. Más adelante, cuando el general Batet controló la situación y el gobierno central de Madrid suspendió el estatuto de autonomía de Cataluña, Companys daba con sus huesos en la cárcel, mientras que Dencàs conseguía huir por las alcantarillas de la ciudad para ir a refugiarse en Roma, donde seguramente se encontraría muy a gusto entre las camisas negras fascistas.

Si las conexiones del nacionalismo vasco con el carlismo son evidentes, así como que el nacionalismo vasco contemporáneo tiene sus raíces en el carlismo, los nexos del nacionalismo catalán con el carlismo son, en cambio, más difíciles de discernir. No obstante, aunque los orígenes de ambos movimientos nacionalistas obedecen a causas diferentes, es posible establecer también un vínculo con el carlismo, si partimos del hecho de que éste se dio también en Cataluña, particularmente en las tierras del interior de Lérida y Gerona, en las que predominaba el elemento rural y campesino. Y sucede que es precisamente en estas dos provincias catalanas donde el nacionalismo catalán tiene su feudo.

Los nacionalistas no se mueven por ideas, sino por emociones, creencias, de manera que muchos han pasado de creer en Cristo Rey a creer en Puigdemont. Se trata de un cambio del objeto de adoración, pero el sentimiento que subyace es el mismo; un impulso irracional. Hoy día, el nacionalismo catalán y su deriva, el independentismo, ha rebasado sus feudos tradicionales e invadido áreas urbanas, en las que esta “creencia” no se daba antes. Es como una peste que se extiende como una epidemia, contagiando a sectores de la sociedad que no estaban hasta entonces contaminados.

El nacionalismo que antepone una “nación” a una clase puede revestir un carácter progresista en el caso de los países colonizados que luchan por su emancipación de la potencia colonizadora que los oprime.  Este nacionalismo de los países colonizados corresponde a lo que el sociólogo egipcio Anuar Abdelmalek denomina “nacionalitarismo” Fuera de este caso específico, al que se refiere Abdelmalek, los movimientos nacionalistas en los países europeos no sufren hoy la opresión del Estado del que forman parte sus “naciones”.

La supuesta opresión de la que Cataluña dice ser víctima por parte del Estado español es parte del “guión” para justificar su deriva independentista. Y esta deriva obedece asimismo, a la necesidad de ocultar o tapar otras lacras. Lo mismo que el duque de Lerma, valido de Felipe III, de quien una copla popular decía: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”, es decir, vistió el hábito cardenalicio para gozar de inmunidad legal, Convergencia tuvo que rebautizarse como PDdeC, disfrazándose o revistiendo los ropajes del independentismo como medio de hacer olvidar sus corruptelas.

Ahora bien, si para combatir el nacionalismo-independentismo catalanista recurrimos al nacionalismo españolista, no saldremos nunca del círculo vicioso, máxime cuando es obvio que ambos nacionalismos se alimentan mutuamente.

La izquierda española republicana, que rechaza todos los nacionalismos como movimientos excluyentes y racistas, debe encontrar una idea de España que sea inclusiva, una idea de España, en la que todas las Comunidades Autónomas, con sus especificidades culturales o lingüísticas tengan cabida, se sientan cómodas y a gusto. Desde luego, esa idea de España está lejos de la que da hoy el PP, con unos ministros cantando “El novio de la muerte” al paso de unos legionarios desembarcados de Málaga portando el Cristo de la Buena Muerte. Es indudable que el nacionalismo españolista que nos transmite esta imagen y tantas otras, de una patriotería ramplona y cerril, no se corresponde en absoluto con nuestra idea de España, que entronca con la de la Ilustración del siglo XVIII, el liberalismo-progresismo del siglo XIX y el republicanismo-socialismo del siglo XX.