Mi acercamiento al escritor Eduardo Galeno fue, al igual que muchos de sus lectores, con el libro Las venas abiertas de América Latina, lectura obligada en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid donde yo era estudiante. Esta obra de juventud, comenzó a escribirla cuando tenía 27 años, se ha convertido en un clásico de la literatura latinoamericana y de la literatura política.

Si bien, el propio autor ha reconocido en varias ocasiones no tener la formación necesaria cuando la escribió; su objetivo era escribir una obra de economía política, no de literatura.

A pesar de su juventud no era su primer libro, cuando en 1971 se publica tenía ya 6 libros editados, pero sin duda es de los más leídos y conocidos; hasta tal punto que cuando se hace referencia al mismo se habla familiarmente  de las venas.

Su último libro se publicará a título póstumo; Mujeres, otro de los grandes temas de Galeano, además del futbol. Pero me gustaría detenerme en el penúltimo libro; Los hijos de los días. Lo presentó en la Casa de América, su América, en mayo de 2012. Muchas personas hicimos horas de cola para oír a Galeano. Él, muy paciente, pocas personas transmiten la indignación con tanta serenidad como Galeano, seleccionó algunas historias y las fue desgranando apaciblemente a lo largo de la tarde, sin prisa.

Días después, con motivo de la feria del libro, Eduardo Galeano firmaba este libro en la caseta de la editorial. Algunas de las personas llevaban las venas. El personal de la editorial se esforzaba amablemente en anunciar que ese no era el libro que estaba firmando el escritor. Creo que a él le daba igual uno que otro, también creo que esta tarea de marketing no le gustaba, pero pacientemente firmaba, eso sí sin abrazos, sin besos a los compradores y sin dedicatorias falsas.

Asistí a la caseta, al igual que sucedió en la Casa de América había una larga cola de personas esperando. Yo no llevaba ningún libro, ni las venas ni Los hijos de los días; esto sorprendió mucho a Galeano. Cuando estaba frente a él, le expresé que estaba allí para darle las gracias por el homenaje tan bonito que, tanto en el libro como en la selección de textos comentados por él, había hecho a los exiliados republicanos españoles. En ese momento Galeano se puso en pie rodeo la mesa y me abrazó al tiempo que me decía “soy yo el que tiene mucho que agradecer a los exiliados republicanos españoles” “¡Que lecciones de ética nos han dado!”.

Más allá de esta experiencia personal que siempre guardaré como un bonito recuerdo, con la muerte de Eduardo Galeano muere una parte de la voz de los condenados a la miseria.

Pilar Nova Melle. Publicado en Sociólogos sin Fronteras el 13 de abril de 2014, día del fallecimiento de Eduardo Galeano